IRENA SENDLER, LA MADRE DE LOS NIÑOS DEL HOLOCAUSTO

 

En este apartado de mujeres importantes en la historia, no podía dejar de tener la presencia de alguien a quien cuando conocí su vida me impactó. Su humildad y su fuerza debería ser explicada en los colegios para que desde bien jovencitos la gente aprenda lo que son los valores de la vida y por lo que merece la pena luchar.

Sobre todo cuando la vida de inocentes está en juego. Hoy deberíamos buscar cuantas Irena hay luchando por los refugiados, o por la gente que vive la guerra. Quiero pensar que la gente recibe la ayuda tal y como hizo esta mujer. O mejor dicho, admirable mujer.

Todo empezó por casualidad, un grupo de estudiantes que estaba realizando un estudio sobre el Holocausto judío, se encontraron con este nombre y una historia espeluznante. Irena Sendler “el ángel de Varsovia”.

Irena se hizo enfermera porque tenía vocación de salvar a la gente, lo que ella nunca imaginó fue que sería el ángel de la guarda de 2.500 niños. Irena fue una mujer valiente y con unos valores puros que no dudó en jugarse la vida por salvar del Gueto de Varsovia a los niños judíos.

Nació en una familia católica, desde niña aprendió los valores de la solidaridad, respeto y amor con los demás, valores que aprendió de su padre médico que murió contagiado por el tifus, que sus pacientes le contagiaron, murió solo sin la ayuda de sus propios colegas por miedo a enfermar.

Cuando Alemania invadió Varsovia, Irena estaba trabajando como enfermera ayudando en el Departamento de Bienestar Social, trabajaba duro en los comedores comunitarios de la ciudad. Un año después de la invasión, Irena decidió ayudar en el Gueto de Varsovia, aunque era católica siempre sintió un apreció por los judíos a los que no dudó en ayudar a pesar de poner en peligro su vida.

En ese momento decidió unirse al Consejo para la Ayuda de los Judíos conocido como Zegota como miembro del cuerpo sanitario para encargarse de paliar los casos de enfermedades contagiosas. Ante la amenaza de una epidemia de tifus, los nazis fueron permisivos con las personas que entraban en el gueto para intentar frenar la enfermedad.

Además de ayudar a otras enfermeras no judías a introducirse en el Gueto, Irena pronto vio se dio cuenta de que aquel espacio controlado y vigilado sólo podía ofrecer un futuro oscuro para sus habitantes. Se levantó un muro alrededor y acotaron la zona donde 400,000 judíos esperaban su muerte. Así que decidió buscar la manera de sacar del Gueto al menos a los más pequeños. Era una decisión terrible para las madres que debían desprenderse de sus hijos pero en muchas ocasiones era la única manera de salvar sus vidas. Ella ya era madre y sufría con cada separación como si le arrancarán a ella sus propios hijos. Pero era consciente de que muchos de sus padres terminarían falleciendo en los campos de concentración a los que los judíos del Gueto de Varsovia fueron trasladados.

La manera más sencilla de sacar a los niños era mediante las ambulancias que trasladaban a los más graves a los hospitales de fuera del espacio controlado. Pero pronto tuvo que buscar otros métodos para hacerlo. Desde colocarlos dentro de bolsas de basura hasta en ataúdes, cualquier idea era bienvenida. Una vez fuera del horror, era necesario elaborar documentos falsos para los niños, darles nombres católicos y trasladarlos a un lugar seguro, normalmente monasterios y conventos, donde los religiosos siempre tenían las puertas abiertas para los niños del Gueto.

Irena apuntaba entonces en pedazos de papel las verdaderas identidades de los pequeños y sus nuevas ubicaciones, y luego enterraba las notas dentro de botes y frascos de conserva bajo un gran manzano en el jardín de su vecino, frente a los barracones de los soldados alemanes. Allí aguardó, sin que nadie lo sospechase, el pasado de los 2.500 niños de Gueto hasta que los nazis se marcharon.

El 20 de octubre de 1943 las cosas se complicaron para Jolanta, nombre en clave de Irena, quien fue detenida por la Gestapo. En la prisión de Pawiak fue sometida a terribles torturas con las que los nazis no consiguieron sonsacarle el paradero de los niños a los que había estado ayudando a escapar. Le rompieron las piernas y los pies, pero ella jamás dio el paradero de aquellas criaturas ni de las personas que la ayudaron. Aquellas lesiones le harían pasar gran parte de su vida, en una silla de ruedas. Después de las torturas pasaría meses en la terrorífica prisión de Pawlak. Bajo la amenaza de los guardias alemanes que jamás le oyeron decir una palabra.

No dijo ni una palabra cuando la condenaron a muerte, una sentencia que nunca se cumplió porque, camino del lugar de ejecución, el soldado que la llevaba la dejó escapar. La resistencia le había sobornado. No podían permitir que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Así fue como pasó a la clandestinidad y, aunque oficialmente figuraba como ejecutada, en realidad permaneció escondida hasta el final de la guerra participando activamente en la resistencia.

Con el final del conflicto se desenterraron los 2.500 botes escondidos bajo el manzano, y los 2.500 niños rescatados del Gueto recuperaron sus identidades olvidadas. La gran mayoría había perdido a sus padres, así que muchos fueron enviados con otros familiares o se quedaron con familias polacas, pero todos conservaron a lo largo de su vida un agradecimiento infinito a Irena Sendler. Tras los nazis llegó el comunismo y la aventura de Irena quedó olvidada entre las nuevas doctrinas. Ella, que ya tenía dos hijos, volvió a ser trabajadora social y a su vida tranquila, sólo truncada por las pintadas, en la puerta de su apartamento, en las que le acusaban con necedad de ser «amiga de los judíos» o la llamaban la «madre de judíos». Ella callaba y nunca contaba nada de su pasado.

Tras décadas de vida anónima, cuando su fotografía fue publicada en los periódicos fueron muchos los hombres y mujeres que reconocieron en aquella mujer a la enfermera que salvó sus vidas durante la ocupación nazi de Polonia.

La Orden del Águila Blanca de Polonia, título de Justa entre las Naciones de organización Yad Vashem de Jerusalén o su candidatura al Premio Nobel de la Paz fueron algunos de los reconocimientos a una mujer quien nunca pensó que su labor humanitaria descubierta muchos años después levantara tanto revuelo. Para ella fue lo que tenía que hacer.

Irena Sendler falleció en Varsovia, el 12 de mayo de 2008. Tenía 98 años

De los 2500 niños a los que pudo salvar de una muerte segura, Elzbieta Ficowska fue uno de los casos más conocidos. En aquel terrible 1942, era solamente un bebé de escasos meses cuando se le fue administrado un narcótico y la colocaron en una caja con agujeros que pusieron escondido en un cargamento de ladrillos. Sus padres murieron en el Gueto y la pequeña Elzbieta fue criada por Stanislawa Bussoldowa, una conocida de Irena. Una cuchara de plata con la fecha de su nacimiento y su apodo, Elzunia, grabados fue el pequeño objeto que mantuvo a Elzbieta unida a sus raíces. Y es que Irena siempre quiso que los niños a los que salvó no perdieran nunca sus orígenes y su verdadera identidad.

Irena hasta el final de sus días siempre mantuvo la misma frase cuando le preguntaban por su heroicidad:

No hice todo lo que pude, podría haber hecho más, mucho más y haber salvado así a más niños.

Admirable mujer.



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