LA CASITA DEL BOSQUE

Quiero unirme a la escucha colectiva que formamos los milenarios con esta historia que escribí hace unos años en una noche de ánimas. Está escrita desde el impacto que me crearon algunas historias contadas en la radio, en el programa Milenio 3, de esas que te tapas la cabeza y sufres, pero lo haces bien a gusto. Fue mi primera historia fantasmal y recuerdo escribirla con todo a oscuras encerrada en la habitación, sin duda, fue muy especial para mí.

Un abrazo a Iker, Carmen y todo el equipo por su gran trabajo.

Un Wolkswagen Touareg negro se adentraba por la serpenteada carretera que llevaba hasta un pueblo llamado Pavias, situado en el Alto Palancia en la provincia de Castellón. En el interior cinco amigas cantaban al ritmo de “La Mordidita” enloquecidas con Ricky Martin. Todo eran risas y diversión, la ocasión no era para menos, hacía mucho tiempo que no podían reunirse, bien por motivos de trabajo, bien por motivos personales. Pero llevaban intentando cuadrar agenda desde varios meses atrás, aquel año la fiesta de las ánimas caía en viernes y podían estar tres días juntas, sin novios ni maridos.

Las cinco amigas Mati, Rebeca, Susi, Violeta y Carolina se conocían desde el colegio, habían estudiado en el mismo instituto y, a pesar de que después el tiempo a cada una las llevó por un camino diferente, siempre mantuvieron la amistad. Mati era una prestigiosa neuróloga, Rebeca tenía una tienda de antigüedades, Susi era dependienta de unos grandes almacenes, Violeta secretaría de su hermano en una multinacional, y Carolina regentaba un restaurante minimalista muy conocido en Valencia. A pesar de las diferencias y del paso del tiempo, las cinco habían mantenido su amistad por encima de novios y trabajo. Todos los años una vez cada seis meses cenaban juntas, y cuando llegaba el fin de año, comían en la playa para despedirlo y ponerse al día entre ellas de sus vidas. Rebeca, Carolina y Susi se habían casado, Violeta vivía con su novia y Mati era la única soltera del grupo.

De la preparación de aquel viaje se había encargado Susi, conocía la zona porque algún verano sus padres les habían llevado a ella y sus dos hermanos a una casita que tenía su abuela en el pueblo. Le pareció buena idea volver allí después de muchos años. La casualidad quiso que al consultar por Internet viera una casa en la montaña a escasos tres kilómetros del pueblo. Las fotografías que había visto del lugar eran espectaculares, en la misma carretera que llevaba hasta Pavias, llegando a Caudiel, había un desvío por un camino rural entre grandes árboles y espesa vegetación baja, al final de aquel camino se encontraba una casa de dos plantas, por las fotografías parecía una construcción espectacular y más aún, era el precio. Informó al resto y les pareció una idea fenomenal.

Llevaban el GPS, Mati conducía su coche y, a pesar de la nueva tecnología, Susi iba a su lado con el mapa, habían bajado la radio para concentrarse en encontrar la señalización del desvío.

-Mira en ese camino pone que hay una fuente -dijo Carolina a quien le apasionaba la montaña.

-Aquí hay varias, sí -respondió Susi mirando el mapa-. Aminora este impresionante bólido que estamos cerca.

Carolina, Violeta y Rebeca iban en el asiento trasero sin perder detalle de la maravilla de montañas que había a su alrededor.

-¡Qué frío debe hacer! Mirar cómo está el cielo -dijo Rebeca que iba sentada en la parte derecha mirando por la ventanilla.

-Parece que vaya a nevar -susurró Violeta.

-¡Ojalá!-sonrió Carolina pensando en las pocas veces que había visto la nieve.

-Deberíamos venir un fin de semana de mayo o junio, hay unas rutas de senderismo muy chulas -separó Susi la mirada del mapa.

-¡Me apunto! -Mati era una enamorada de la vida y la naturaleza, siempre decía que veía tanta enfermedad y muerte, que necesitaba de la naturaleza para seguir creyendo que la vida merecía la pena-. Oye te encargas de buscar una buena ruta y si nos gusta la casa la volvemos a reservar.

-Mati, cariño ya sabes que una cosa es lo que ves por Internet y otra lo que nos vayamos a encontrar, te lo digo yo -apuntó Violeta muy segura.

-Bueno, no vayamos a echar por tierra el lugar antes de encontrarlo -respondió Susi esperanzada de que no fuera un desencanto su elección-. Ya Mati, el camino está a la izquierda y nos quedan menos de doscientos cientos metros.

-Lo veo.

Efectivamente el camino estaba cerca, era más bien estrecho tanto que el coche parecía rozarse con los matorrales que había a ambos lados. Mati aminoró casi por completo la marcha, dieron un pequeño salto las del asiento trasero acompañado por un divertido quejido, la carretera no estaba asfaltada y algunos pedruscos hicieron que el coche se moviera de lado a lado.

-¡Caray como está el camino! -protestó Mati.

-No te preocupes, tu coche puede con esto y mucho más -sonrió divertida Violeta.

Sin saber por qué todas guardaron silencio como si algo no fuera bien, aquel camino estrecho y destrozado les hizo contener el aliento, si el camino estaba así ¿cómo estaría la casa?

-Veo el tejado -dijo Rebeca.

Y era cierto, el camino giraba en una curva algo cerrada a la derecha, tras la curva se ampliaba algo más, y pasaban un pequeño puente de madera que estaba sobre un río.

-Tenemos un río -dijo exaltada Carolina.

-¡Madre mía! -murmuró atónita Mati.

No era para menos, la casa era impresionante toda de madera blanca, con ventanas grandes y el tejado de pizarra negra. Alrededor los árboles habían crecido dejando el aspecto de una casa adueñada por ellos. La mezcla del blanco de la madera, el negro del tejado y el intenso verde de los árboles dejó boquiabiertas a las amigas.

Bajaron del coche sin mediar palabra, todas con la mirada fija en la casa. La puerta principal estaba secundada por dos grandes ventanales uno a cada lado, después en el piso de arriba había dos ventanas más pequeñas y lo que parecía una buhardilla.

-Creo que es la primera vez en mi vida que la realidad supera Internet -murmuró Violeta sonriendo.

-¡Y qué lo digas! -sonrió ampliamente Susi, mucho más tranquila al ver que había acertado de pleno.

-Vamos… vamos… vamos a ver si por dentro es tan imponente.

-Me encanta el sonido del río, la vegetación ¡es tan bucólico! -Mati se mostraba feliz.

Las cinco se apresuraron a entrar, Susi llevaba la llave y fue la primera que abrió la puerta, al hacerlo las bisagras dieron un pequeño chirrido que les sobresaltó. Pero rápidamente se repusieron del susto, ante ellas se encontraba un espacioso salón comedor.

-¡Hay chimenea! -dijo feliz Mati-. Si hay leña la enciendo.

-Mirar que mesa de roble… esto tiene la tira de años -Rebeca la observaba con total fascinación.

-Rebeca, haz el favor, hemos venido a disfrutar deja tu obsesión por los muebles.

-Está bien, está bien… pero es una pasada vale un pastón.

-¡Eh venir a la cocina! -les dio un grito Carolina desde allí.

Cuando pasaron por la puerta principal esta se cerró de golpe.

-¡Ay! -gritaron a la vez asustadas.

-Ha sido el aire -Susi puso la solución.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Carolina alertada por el grito en conjunto.

-La puerta, oye esto es una pasada -apuntó Mati al ver la cocina.

La cocina era cuadrada mantenía los fogones grandes que se utilizaban antiguamente, ni que decir que Rebeca enseguida apuntó que debían tener cien años, mínimo. Había una puerta donde se escondía una pequeña alacena con sus estanterías repletas de botes con apariencia antigua. Y una mesa en el centro con cuatro sillas.

-Es todo muy antiguo ¿no? -apreció Violeta-. No creo que hayan reformado nada de esta cocina.

-¡Fijaros en la nevera!

-Es alucinante -murmuró Mati-. Creo que han conseguido el efecto de una casa impresionante en estructura, con un interior antiguo, y que no sé a vosotras pero a mí me fascina.

-Me muero por ver las habitaciones -señaló Susi-. Ya me dijo el casero que íbamos a estar de miedo aquí. Que esta casa es una reliquia.

Subieron al piso de arriba donde a ambos lados del pasillo se dividían dos habitaciones, una de matrimonio y las otras tres individuales. Al final se encontraba el cuarto de baño donde una bañera blanca hizo las delicias de las cinco amigas.

-Es increíble que esta casa no la pongan en venta ¡la compraba a ojos cerrados! -exclamó Mati que parecía ser la más asombrada con el lugar.

-¡Eh chicas mirar que cama! -las llamó Rebeca desde el dormitorio principal-. Debe tener cien años… como poco. ¡Lo mismo que la mecedora!

-A ti te puede… ves un mueble y sale la anticuaria que hay en ti -le dijo Susi sonriendo.

-¿Estás segura? No me imagino yo una noche de pasión en esta cama, debe estar a punto de caerse. Aunque en esos barrotes se me ocurren mil cosas.

Todas rieron la ocurrencia de Violeta, la cama era de madera con barrotes en el cabecero y un dibujo grabado que parecía haber sido una flor rosa. A su vez los pies tenían también barrotes y en cada esquina una especie de pirámide sobre el barrote. Además, para goce de todas desde el techo colgaba un dosel blanco.

-Susi ¡eres la mejor! -aplaudió Carolina con la aprobación de todas.

-Venga vamos a sacar las cosas del coche.

Decidieron rápidamente como iban a dormir aquella noche, se conocían tan bien que nunca fue problema elegir habitación y cama. Estaban fascinadas con la casa y la suerte que habían tenido, divertidas y entre risas, sacaron las cosas del coche. Las bolsas de la comida las dejaron en la cocina.

-¡Cuidado con la tarta de manzana! -advirtió Carolina que era la encargada de hacerla.

-La dejo en la mesa de la cocina, no te preocupes.

-¡Y nada de probarla, Rebeca que nos conocemos!

Las demás rieron mientras Rebeca olía a través del papel la tarta. Cada una subió hasta los cuartos para dejar la maleta y sacar las bolsas de aseo, como había dos cuartos de baño, uno arriba y otro abajo, se repartieron espacio. La primera que entró para dejar sus cosas fue Violeta, encima del lavabo había un mueble con espejo, lo abrió para dejar su cepillo de dientes y crema, lo cerraba al mismo tiempo que cogía la bolsa de aseo para sacar el jabón, entonces vio pasar algo por la puerta a través del espejo.

-Ya acabo, no seáis tan impacientes, joer -susurró Violeta.

Le sorprendió tanto no recibir respuesta por parte de ninguna de sus amigas, que frunció el ceño girando levemente la cabeza hacia la derecha, tenía la sensación de que había alguien, sin embargo, al darse la vuelta no vio a nadie. Salió al pasillo pero tampoco había ninguna de las chicas. Formó una mueca de extrañeza en su barbilla y siguió con lo que estaba haciendo.

Arriba, Mati y Rebeca iban a compartir habitación, como siempre hacían. Estaban sacando las cosas de la pequeña maleta que se habían llevado.

-¿Te has traído disfraz? -le preguntó Rebeca.

-¡Pero qué manía os ha cogido con lo de Halloween! ¡Paso de las americanadas!

-Venga… va… pero si es divertido.

-No he traído nada, aunque siempre puedo recurrir al pijama de quirófano que llevo en el coche.

-¡Qué sosa eres! No me extraña que sigas soltera.

-Cabrona…-le dijo entrecerrando los ojos ante la carcajada de su amiga.

Mientras Carolina en lugar de sacar las cosas de su maleta, se había dirigido hasta la cocina, ella era “la cocinillas”, apodo que sus amigas le habían dedicado porque era la que siempre hacía la comida y la cena cuando quedaban en alguna escapada, como la que estaban haciendo.

-¿Te ayudo? -le preguntó Violeta.

-Sí, cariño, hay una bolsa en la que he puesto un bote de aceitunas picantes.

-Por favor… ¡dime que hay guindillas!

-¿Tú que crees? -la miró sonriente.

-Ya he acabado de colocar mis cosas, ya puedes pasar ¿no podías esperar, eh?

-¿Esperar a qué? -le preguntó sin entender muy bien de que hablaba.

-¿No has pasado por la puerta del cuarto de baño? -la miraba algo atónita.

-No, he estado aquí.

-¡Ah pues habrá sido Rebeca o no sé!

-¡Chicas salgo al coche que me he dejado mi disfraz! -dijo quejosa Mati.

-¡Te dije que no iba a ponerse nada! Que es anti-Halloween.

-Venga deja el bote de las guindillas en la alacena con los demás que voy a sacar el mío no se estropee.

Desde fuera, Mati se percató que justo al lado de la casa había un montón de leña, sonrió divertida, podría poner en marcha un bonito fuego. También se percató que el cielo se estaba cargando y parecía que iba a llover. Abrió la puerta de la calle y notó un viento helado pasar por su espalda.

-¿Qué te pasa? -le preguntó Violeta que salía de la cocina.

-¡Qué frío me ha entrado! Venga ayúdame que va a llover, entramos unos cuantos troncos de leña y pongo la chimenea en marcha.

-¡Qué romántico! -le dijo burlonamente.

Justo cuando salía por la puerta, esta volvió a cerrarse de golpe sobre sus talones.

-¡Joder con la puerta! Menudo susto -protestó Violeta.

-Bueno, debe haber corriente, la verdad que se está poniendo la tarde fea. Venga ayúdame.

Había pasado una hora desde que habían llegado, eran las seis de la tarde. La chimenea ya estaba en funcionamiento, a Mati le había costado un poco hacerla funcionar pero una vez lo consiguió recibió el aplauso y los halagos del resto que se habían sentado en los amplios sofás que habían en el comedor.

-Yo con vuestro permiso me voy a retirar, nada más media hora pero necesito descansar -les dijo Susi.

Se subió hasta la habitación que había elegido, la segunda de la parte izquierda la que más cerca estaba del cuarto de baño. Entró en la habitación con gesto cansado, lo que más odiaba de su trabajo era la hora en la que se ponía en pie. Aquel día llevaba despierta desde las cinco y media de la mañana, sabía que si no descansaba al menos una hora no sería capaz de aguantar el ritmo de las demás para hablar y hablar y hablar. Cerró la puerta y se cambió, ella era de la siesta tradicional, pijama y orinal. Se metió en la cama sin pasar las cortinas, la luz que entraba a pesar de la oscuridad que se había formado por la tormenta que estaba a punto de llegar, le era suficiente para ver alrededor. Sonrió al notar que las sábanas eran de algodón, blancas relucientes, sin duda quien cuidaba aquella casa estaba en todos los detalles. Se estiró agradeciendo con un murmullo el contacto con el colchón, su cansada y maltrecha espalda lo agradecía profundamente. Cerró los ojos con otro murmullo de placer al abrazar aquel nórdico violeta que había sobre la cama. No sabía el tiempo que había pasado pero algo extraño sentía alrededor, abrió lentamente los ojos y vio como a los pies de la cama había sentada una señora con rostro pálido y gesto enfadado, vestida de negro, el pelo recogido en un moño y ceño enjuto observándola fijamente. Se quedó durante unos segundos quieta como si la sangre se le hubiera helado. Cerró nuevamente los ojos y al abrirlos aquella mujer tan extraña ya no estaba en la habitación.

-Dios… vaya sueño.

Volvió a acurrucarse con el plumífero y se quedó dormida escuchando las voces de sus amigas hablando desde el comedor.

Una hora más tarde, las chicas continuaban contándose sus vidas para cuando Susi bajó ya se habían servido su bebida favorita, té chai verde.

-¿Has podido descansar? ¡No hemos parado de hablar! -decía entre risas Carolina.

-Sí, sí, la verdad que sí aunque he tenido un sueño muy raro… bueno no sé si llamarlo sueño.

-Ven siéntate que te voy a preparar una taza de té -la animó Violeta.

-¿Qué te ha pasado? -le preguntó Mati al ver su rostro algo preocupado.

-Pues estaba durmiendo y al abrir los ojos he visto una mujer sentada a los pies de la cama, era una mujer muy extraña, como si fuera no sé… de la época de mi bisabuela por lo menos, toda de negro, con un moño recogido ¡y una cara de mala leche!

Todas rieron la forma que tuvo de describir a la mujer.

-Bueno… ¡pues ya está! Ya pasó.

-Sí, sí, pero era tan real… ¡os juro que era como si estuviera allí mismo mirándome!

Las demás se miraron entre ellas, ¿Susi les estaba tomando el pelo?

-Deberíamos ir pensando en arreglarnos -dijo Rebeca mientras se estiraba en el suelo.

-¡Pero de verdad vamos a hacer la pantomima de disfrazarnos!

-Vamos, Mati. ¡Por supuesto que sí! Vamos a divertirnos como cuando éramos jovencitas.

-Rebeca pero para eso no nos hace falta un disfraz, es día de difuntos no de tontos.

-¡Mira que te gusta protestar, Mati! No quiero imaginarte cuando tengas setenta años -sonreía Violeta acompañada por las demás.

En ese momento se escuchó el sonido fuerte de un trueno.

-¡Tormenta! -exclamó feliz Mati.

-¡Oh Dios! -se tapó la cara Rebeca-. No por favor tormenta no, ¡estamos en una casa en medio de la montaña rodeada por árboles! -su miedo era palpable.

-¡Cuántas veces te he dicho que no tengas miedo a las tormentas! Que son maravillosas.

-Mati, a ti abrir una cabeza ¡te parece maravilloso! -contestó la otra algo molesta ante la risa de las demás-. No debe haber un pararrayos en esta zona ni por casualidad y es peligroso.

Dicho esto, les vino el sonido de una puerta cerrándose de golpe con fuerza.

-¿Te has dejado la ventana abierta? -le preguntó Carolina a Susi mientras todas miraban hacia el piso de arriba.

-Yo creo que no.

-Bueno, voy a darle un vistazo, las demás deberíais vestiros y yo me pongo a preparar la cena.

Carolina las dejó allí discutiendo entre ellas de manera divertida sobre las tormentas, subió y le extrañó ver las puertas de las habitaciones todas, excepto en la que Susi se había acostado, abiertas. Sabía que desde siempre las chicas tenían la costumbre de cerrarlas. Sin darle mayor importancia entró hasta el cuarto y vio como la ventana estaba cerrada.

-Vaya… ¿y la corriente?

Pero la puerta se volvió a cerrar de golpe con el consiguiente salto de Carolina por el susto, mantenía la mano en el pecho, había algo que le estaba poniendo nerviosa. Tragó saliva y con la mano un poco temblorosa abrió la puerta, al hacerlo sus ojos buscaron, instintivamente que hubiera alguien allí, pero no, el pasillo estaba vacío. Entonces sintió un escalofrío recorrerle la nuca como si alguien le hubiera soplado desde detrás. Miró de soslayo sin girarse del todo. Con la mano palpó la puerta y la cerró dando un suspiro.

-Pero…

Una vez en el pasillo se dio cuenta que las puertas de las habitaciones estaban todas abiertas. Anduvo mirando a un lado y a otro, hasta que en un momento dado tuvo la necesidad de girarse, lo hizo con gesto de nerviosismo y la respiración un tanto acelerada. Sentía que había una presencia justo caminando detrás.

-¡Joder menuda paranoia me ha entrado!

-¡Carolina va todo bien! -le llegó la voz de Susi desde abajo.

-Sí, sí -dijo con cierta dubitación-. Ya bajo.

-¿Qué ha pasado?

-Nada, estaba todo bien. La ventana estaba cerrada. Bueno… voy a preparar la cena que os quiero sorprender.

-Algo me dice que vamos a cenar como señoronas…

Carolina se metió en la cocina mientras las demás subían a las habitaciones. Fuera comenzaba a caer una fina lluvia que hacía las delicias de Mati. Desde bajo, Carolina sonreía divertida al escuchar como discutían unas y otras.

-Bueno… ¡vamos allá!

Se puso el delantal y empezó por preparar la ensalada. Había llevado canónigos, rúcula, lechuga, tomate de su propia huerta, zanahoria, remolacha, todo aliñado con buena cantidad de aceite de oliva. Por encima unas nueces, pasas y semillas de calabaza. Después rebuscó por los armarios y encontró una fuente que le sirvió para colocar jamón serrano, jamón de york, pechuga de pavo y un rico salami que le traían especialmente para su restaurante. Además, en la otra mitad de la fuente puso unos quesos variados. Una vez finalizó con los entrantes, sacó de la nevera una cazuela que había traído del restaurante con una merluza acompañada por patata, cebolla y pimientos. Con sus trocitos de limón, ajo y perejil. Abrió el horno para poner la cazuela.

-A ver… esto como va… ¡bien! no le voy a dar mucha caña mejor que se haga poco a poco… que con lo lentas que son.

Hablaba en voz alta pero entre susurros. Desde arriba le llegaban nítidamente las carcajadas y diversión que el resto estaba departiendo.

-Ahora… voy a preparar los variantes, Violeta amanecerá mañana con los labios hinchados por las guindillas, habrá que vigilarla.

Decía sonriente, al entrar a la alacena para buscar las cosas, vio pasar a alguien por fuera.

-Violeta cariño, ¿puedes echarme una mano? No todas tenemos tu estatura… ¡Violeta!

-¿Qué pasa? -le preguntó la otra desde fuera.

-Que ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh! -gritó asustada colocando la mano en el pecho mientras la otra se moría de la risa-. ¡Pero qué pintas llevas! Solo te falta ese disfraz con lo delgada que estás, ¡solo a ti se te ocurre ponerte esa malla de esqueleto! ¡Y la calavera como máscara!

-Me parto, a Rebeca le ha dado un ataque de risa. ¿Qué decías?

-Que me ayudaras, te he visto pasar.

-¿Pasar dónde? Acabo de bajar.

-¿No has pasado por delante de la puerta? -preguntó algo preocupada.

-No, yo no -le respondió con el mismo tono de voz.

-Pero…

-Carolina están todas arriba aquí abajo no había nadie.

-¿La puerta tiene pasada la llave? -le preguntó sin variar ese tono preocupado.

-Voy a ver.

La acompañó con la mirada desde la puerta de la cocina, Violeta se aseguró que, efectivamente, la puerta estaba cerrada.

-Habrá sido mi imaginación.

-Bueno hazme una foto que se la voy a enviar a mi chica.

Estaban en ello cuando bajaron el resto de amigas, Rebeca iba disfrazada de la novia de Drácula con los colmillos y todo, Susi iba con un divertido disfraz de calabaza y un sombrero que hacía el efecto de rabo de la calabaza, ¡y para romper la tónica de Halloween!, estaba Mati con su pijama de quirófano, el pañuelo en la cabeza y la mascarilla.

-¡Pero os habéis visto! ¡Estáis monísimas! -reía divertida Carolina.

-¡Venga vamos a hacernos una foto! -decía animada Rebeca.

-Qué bien huele, Carolina. Mi apetito sabe cuándo cocinas tú, ¡se vuelve insistente!

-Tu apetito es sibarita como tú -le señalo Carolina divertida a Mati.

Se hicieron un buen número de fotografías, mientras se hacía la merluza en el horno, Carolina subió al cuarto para ponerse su disfraz. Abajo las chicas reían divertidas hasta que la luz de un rayo y a los pocos segundos el sonido del trueno hizo que todas dieran un grito de sobresalto.

-La tenemos encima, ¡por favor qué miedo! -musitó con las manos en la cara.

-Mientras no se vaya la luz y nos dé tiempo a preparar la cena.

Pero si antes lo dice Susi, antes se fue la luz. Justo en el momento en que Carolina bajaba las escaleras con su disfraz de bruja y la luz de otro rayo la iluminó. El grito de todas fue aterrador. Mientras, ella se moría de la risa.

-¡Me cago en el Halloween de las narices! -protestó Mati tras el susto.

-No lo he hecho adrede, perdonar.

-Pues así no nos vamos a poder hacer fotos -dijo Violeta un poco asombrada de que su chica no contestara su guasap-. ¡Joder no tenemos Internet!

-Me aseguraron que había pero con la tormenta…

-Deberíamos ir preparando la mesa. Que entre unas cosas y otras se nos ha hecho tarde.

Dispuestas entre risas a cenar, todas ayudaron en la cocina, encontraron las velas que Carolina había traído, pero al encenderlas la luz volvió. Para disfrute de todas que empezaron a hacerse nuevamente fotografías. Terminaron la sesión y fueron poniendo los últimos detalles en la mesa. Carolina estaba preparando los últimos toques a la merluza cuando detrás de ella hubo un estruendo de cristal roto.

-¿Qué ha pasado? -preguntó Susi asomándose por la puerta.

-¿Quién ha tirado el bote de las guindillas? ¡La habéis hecho buena!-protestó Carolina.

-Si estábamos todas en el comedor.

-¡Mis guindillas! -Violeta se mostró desolada-. ¡Ya os vale!

-Pero si la única que estaba aquí era Carolina.

-Y no he sido yo, las habrás dejado muy al borde.

-Joder…

-Míralo por el lado bueno, Violeta, mañana no tendrás los labios como Carmen de Mairena.

Las risas hicieron olvidar el desgraciado accidente.

-Venga, venga vamos a sentarnos que esto ya está -les avisó Carolina.

-¿No habíamos dejado las velas encendidas? -preguntó Susi al resto al llegar al comedor y oler ese olor característico de recién apagadas.

-Aquí están pasando cosas muy raras -apuntó Violeta algo nerviosa.

-¡Quién se está haciendo la graciosilla! Y todas sabemos que Mati, no.

-¡Bueno dejar eso ahora que ya son las once! Y a las doce se levantan las ánimas y tengo que encender el incienso -avisó Carolina.

-¿Y por qué no dejáis a los muertos en paz? ¡Qué manía! -protestó Mati.

La cena transcurrió con normalidad, entre risas, recuerdos y anécdotas de cuando eran niñas y no tan niñas. El vino ayudó a que cada vez las risas fueran mayores y salieran como más facilidad. Acabaron con todo cuanto había cocinado “la cocinillas”,  y Mati levantó su copa de vino diciendo:

-¡Carolina eres la mejor! ¡Y tienes un arte para elegir el vino! ¡Brindemos por ti!

-¡Por Carolina! La próxima estrella Michelín.

-Gajes del oficio, tampoco es para darle mayor importancia.

-¡¡¡Ahora me ha contestado mi niña!!! ¡Por favor ya se me estaba haciendo larga la espera! -dijo Violeta al ver que tenía señal de Internet.

-Es la tormenta, no deberías usar el móvil -le apuntó Rebeca que acertadamente insistió-. ¡Vamos a por el té! ¡Y la tarta de manzana!

Retiraron las cosas de la mesa, prepararon el té para unas, café para otras, el pastel de manzana ¡y el chocolate negro! No podía fallar. Estaban todas en la mesa excepto Susi que había ido al lavabo, acababa de tirar de la cadena y se estaba secando las manos, canturreaba feliz estar con sus amigas era para ella muy importante.

Mientras tanto, fuera el resto reía divertida con las fotografías que se habían hecho, de pronto, Violeta susurró impactada.

-No puede ser…

-¿Qué pasa? -preguntó Rebeca.

-Acabo de hablar con Julia, ha visto las fotos y me pregunta que…

-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

El grito ensordecedor de Susi les hizo poner gesto de espanto, se levantaron corriendo para acudir hasta el cuarto de baño pensando que había ocurrido algo grave, al llegar, Susi estaba llorando apoyada en la puerta.

-¿Qué te pasa? -preguntó Mati alertada por su palidez.

-He visto algo…  estaba detrás de mí… lo he visto en el espejo.. estaba reflejado en él -lloraba e hipeaba al mismo tiempo.

-Vamos, vamos fuera.

Las chicas acompañaron a su amiga que se sentó temblando mientras bebía un vaso de agua que le había acercado Violeta.

-A ver… tranquilízate, por favor.

Fuera la luz de otro rayo iluminó toda la casa, la lluvia comenzó a hacerse más intensa golpeando repetidamente los cristales.

-He visto a un hombre… un hombre pálido con unas bolsas en los ojos negras como si los llevara pintados, un rostro horrible.

Entonces las puertas del piso de arriba comenzaron a golpear, con el consiguiente grito de todas.

-Dios mío… la mujer que viste cuando estabas arriba ¿te acuerdas? -le preguntó más nerviosa Violeta, Susi asintió con la cabeza mientras bebía-. Mira la foto que nos hemos hecho antes.

Todas trataron de observar algo que había dejado impactada a Violeta. Allí estaban ellas sonrientes, divertidas. ¿Qué pasaba en esa fotografía?

-¿No lo veis? Detrás de Carolina fíjate bien. Julia me ha dicho que quien es esa señora que está en la fotografía, ¿lo veis? -insistió nerviosa mientras Susi cogía el teléfono y ampliaba la imagen-. ¿Era esa?

-Dios mío, sí… era esa.

Otro rayo acompañó la afirmación que dejó heladas a todas. Se miraron entre sí con gesto de no entender nada, la cosa fue a peor cuando se fue la luz.

-¡Ay Dios mío! ¡Enciende las velas! ¡Enciende las velas!

-Por favor Rebeca tranquilízate -trataba de poner orden Mati.

-¡Vámonos… vámonos! -decía fuera de sí.

-No podemos irnos a ningún lado, ¿estás loca? Esto tiene una explicación, estoy segura.

Pero de repente comenzaron a escuchar golpes secos en el cuarto que había justo encima del comedor. Uno tras otro, lentamente, como si estuvieran golpeando el suelo con un bastón. Todas mantenían la cabeza en alto con los ojos casi fuera de las órbitas tratando de averiguar qué era aquello.

-¿Qué es eso? -preguntó Susi que no paraba de llorar.

-No lo sé, debe haber caído algo. ¡Estamos entrando en una histeria colectiva! ¡Hacer el favor de ser razonables!

-Mati yo he sentido antes como si alguien me soplara en la nuca -apuntó Carolina con gesto de pánico-. Cuando he subido a mirar porque la puerta se había cerrado. Además, las puertas estaban abiertas y al salir, estaban todas cerradas.

-¡Ay Dios mío, vámonos de aquí! -rogaba Rebeca.

-Voy a subir, seguro que se ha caído algo al suelo, ya no hay golpes… ¿lo veis?

-Te acompaño, Mati -le dijo Violeta.

Fueron con las linternas de sus teléfonos encendidas, subiendo poco a poco, escalón a escalón como si el siguiente fuera un mal paso que les llevara al horror. Violeta iba detrás de Mati, sentía como se le aceleraba el corazón, se le iba secando la boca conforme iba ascendiendo, no lo pudo resistir tomó la mano de Mati diciéndole entre susurros.

-Ten cuidado… no me gusta esto.

-¡Vamos, por favor Violeta! -renegó la otra que iluminaba a su alrededor.

-¿Veis algo? -preguntó con voz aterrada Carolina.

-No… No hay nada -respondió Violeta que sentía un sabor amargo en su boca como si la merluza quisiera salir de su estómago-. La foto, Mati, sale una mujer.

-Eso puede ser cosa del móvil, ¿no será una broma o montaje? -se detuvo en la escalera girándose mirando a su amiga.

-¿Estaría tan cagada?, ¡no te jode!

Llegaron hasta la puerta de la habitación donde supuestamente venían los ruidos. Mati abrió con cuidado, aquel sonido debía tener una explicación lógica, no podía dejarse llevar por la histeria de sus compañeras. Enfocó la linterna en el interior, allí, no había nada. Violeta la seguía de cerca sintiendo cada vez más un miedo recorrer su piel.

-No hay nada, ¿lo ves?

-Es cierto…

Pero nada más terminar la frase, un golpe fuerte que provenía de la cocina las sorprendió, Mati salió y cuando Violeta iba a seguirla la puerta se cerró de golpe dejándola en la habitación.

-¡Violeta! ¡Violeta!

-Mati, abre por favor, abre la puerta… ¡está cerrada! Ábreme por favor, por favor… –trataba como loca de salir de allí, la histeria se había apoderado de ella.

-No puedo ¿has cerrado tú?

-No, no, abre, abre estoy escuchando algo en mi espalda -decía con la voz entrecortada.

-¡Ayudarme! -les gritó Mati al resto.

-¡Socorro! ¡Por favor! -golpeaba la puerta aterrada Violeta con los ojos cerrados sin querer girarse.

-Voy a golpear la puerta, sepárate.

-¿Qué pasa, Mati? -preguntaba Susi asustada.

-Violeta se ha quedado dentro -decía golpeando la puerta con su hombro.

De repente oyeron un grito desgarrador desde dentro. Rebeca y Susi se abrazaron llorando nerviosas mientras Carolina empujaba la puerta con Mati logrando al fin abrirla. Allí en el suelo agazapada estaba su amiga llorando, al verlas entrar se puso en pie abrazándose a Mati.

-Tranquila, Violeta no pasa nada…

-Estaba allí, allí mirándome -decía con los nervios a flor de piel mientras Rebeca y Susi seguían abrazadas-. Era un hombre… y…

Un nuevo estruendo llegó desde la cocina. Acompañado por el grito de pánico de todas.

-¿Pero qué está pasando? -decía Carolina poniéndose las manos en la cabeza.

-¡Son fantasmas! Van a matarnos -gritaba Rebeca fuera de sí.

-¡Un momento no puede ser! -Mati trataba de poner orden-. Esto es…

Sin embargo, el ruido de la planta inferior no cesaba. Con los consiguientes gritos de las cuatro amigas, Rebeca y Susi no paraban de llorar nerviosas, Violeta trataba de serenarse tras la visión que acababa de tener, Carolina se ponía las manos nerviosa en la cabeza y, Mati por mucho que trataba de poner calma, estaba viéndose superada por los ruidos de la casa.

-Vamos a bajar todas juntas ¿de acuerdo? -les dijo mirándolas fijamente tratando de tranquilizarlas.

-Esto no puede ser real, no puede estar pasando -decía Rebeca perdiendo los nervios.

De repente, un sonido detrás de ellas las hizo agruparse y gritar. Bajaron las escaleras y al llegar a la cocina, vieron los platos de la cena rotos por el suelo, la ventana abierta y las cortinas moviéndose a todo tren.

-Vámonos, por favor, vámonos.

-A ver… -Mati trataba de poner cordura-. ¿Esto no será una broma de mal gusto de alguna de vosotras, verdad?

Todas se miraron entre ellas, la única que sabía el lugar era Susi y las miradas de todas fueron dirigidas a ella. Sintió aquella duda y sin poderlo evitar se alteró.

-¿Creéis que haría algo así? ¿De verdad?

-No, no, claro que no pero es que…

-¡Dios mío! –Carolina que cerraba el grupo musitó con un tono de voz repleto de pánico-. Tengo algo detrás, tengo algo detrás…

Todas se giraron con cuidado o más bien con pánico. La miraron y vieron a su amiga con la espalda encogida y el rostro tenso, los ojos abiertos de par en par y una mirada de terror se quedaron paralizadas.

-No tienes nada detrás, Carolina –le dijo con suavidad Violeta-. No hay nada.

-Sí, sí, lo siento.

-No, cariño, relájate es tu imaginación.

De repente atónitas vieron como Carolina era arrastrada del pelo hacia atrás acompañada por un grito dramático.

-¡Carolina! ¡Carolina! ¡No!

Se apresuraron todas a cogerle de los pies, no sabían que debían hacer o con quien tenían que luchar. Finalmente, aquello que había arrastrado unos metros a la chica la dejó tranquila. Se precipitaron hasta ella había roto a llorar mientras Susi la abrazaba y Rebeca gemía como si fuera a darle un ataque de ansiedad.

De pronto, cuando parecía que ya no podían aguantarlo más, todo se detuvo. El sonido de las puertas de la planta de arriba, el intenso frío en la sala. Violeta se giró para comprobar que en la cocina también había cesado el romper cosas.

-No sé qué es, pero creo que deberíamos marcharnos. Corremos peligro –dijo Violeta convencida de ello .

-Sí por favor vámonos –rogó Rebeca.

-¿Estás bien Carolina? –quiso reconocerla Mati.

-Sí, sí, solo tengo miedo por eso tiemblo.

-Ya ha pasado trata de calmarte por favor, respira profundamente. Quiero verte la espalda, alumbrarme.

Y allí había algo que no esperaban ver, unos arañazos cruzaban de arriba abajo su espalda. Todas dieron un respingo al verlo.

-¿Qué pasa? –preguntó al escuchar el murmullo de sus amigas y notar la tensión que había en ese momento.

-Nada, sea lo que sea, lo que te ha empujado te ha dejado una marca. Creo que será mejor que nos vayamos –dijo finalmente Mati.

-Sí, por favor… esto es una pesadilla –repetía Rebeca llorando.

-Voy a subir a la habitación, cogeré las llaves del coche y los bolsos.

-No te vamos a dejar sola ahí arriba, Mati. Vamos contigo.

Y así fue, otra vez, todas juntas subieron hasta el piso de arriba. El corazón les dio un vuelco al ver las puertas cerradas.

-Ten cuidado, Mati –le avisó Carolina.

Inspiró aire de manera disimulada, no podía perder la compostura y, a pesar, que trató de evitar el temblor en su mano, al posarla sobre el pomo de la puerta fue demasiado evidente que tenía tanto miedo como el resto. Pero ella era la científica no podía demostrarlo, ella no creía en lo que no veía.

-¡Maldita sea está cerrada!

-¡No puede ser! ¡Yo me quiero ir! ¡Me quiero ir de aquí! –rompió a llorar Rebeca.

-Tranquila, por favor…

-Están todas cerradas, ilumina aquí, por favor –le dijo Violeta a Carolina que llevaba su gran Smartphone última generación-. ¡Mierda!

-¿Qué hacemos ahora? –preguntó Susi muerta de miedo.

-Habrá que romper la puerta como sea.

-¿Y si nos vamos al coche? Nos quedamos allí.

-¿Cómo? Las llaves las tengo en el bolso.

Entonces se abrieron dos puertas a la vez. Todas tragaron saliva tratando de aplacar el miedo.

-De acuerdo, Violeta apóyate en la puerta para que no se me cierre. Sé dónde puse las cosas.

-Vale.

-Espera yo también sujeto la puerta –dijo Susi reponiéndose de su miedo.

Mati entró sin perder ni un segundo, abrió el armario cogió el bolso y salió a toda prisa. La respiración de todas iba en aumento, presentían que algo estaba a punto de suceder. Pudieron hacer la misma operación en todas las habitaciones, dos sujetaban la puerta, mientras Carolina enfocaba la luz dentro del cuarto para que pudieran recoger las cosas lo más rápido posible.

-Ya está… vámonos.

No pudieron evitar la sonrisa nerviosa, lo habían conseguido, demasiado fácil, sí, pero lo habían conseguido. Bajaron con cuidado, la luz todavía no había vuelto y, asombrosamente, la chimenea estaba apagada.

-Mierda… necesitamos luz. Cogeros y caminemos unidas.

Abría el grupo Mati y lo cerraba una nerviosa Violeta llevaban los móviles en modo linterna para ver lo que sucedía. Las caras de todas eran de auténtico pavor, daban pasos pequeños como si cualquier ruido pudiera hacer despertar a aquello que se había vuelto a dormir. Habían llegado al final de la escalera cuando de repente la chimenea volvió a encenderse.

-¡Dios mío otra vez! –gritó Rebeca al ver la chimenea.

-Ya estamos, ¡corred!

Todas se dirigieron hasta la puerta en una carrera desesperada por salir de allí. Al llegar, Violeta trató de abrir pero la puerta estaba cerrada con llave.

-¡Está cerrada! –gritó con cierta desesperación.

-No puede ser –Carolina trataba de golpear la puerta.

-¿Dónde están las llaves? –preguntó desesperada Susi.

-¡Por favor… por favor! –rogaba fuera de sí Raquel.

-¡Donde están las llaves! –gritó como loca Mati perdiendo la compostura.

Las cinco amigas estaban fuera de sí, Rebeca lloraba con los ojos cerrados y las manos en la cara tapándose para no ver lo que pasaba, Carolina buscaba desesperada las llaves por el mueble que había junto a la puerta, Violeta trataba con Mati de forzar la puerta, ambas habían perdido los nervios y golpeaban una y otra vez la manivela y la cerradura, mientras, Susi se había apoyado contra Rebeca tratando de ver si venía alguien por su espalda para estar preparada.

-¡Las llaves no están! –gritó desesperada Carolina.

-Nos tiene a su merced… nos va a matar… ¡nos va a matar! –repetía llorando Rebeca.

-¡Cállate! –le gritó Violeta.

-¡Vamos por la ventana! ¡Salgamos por la ventana!

Mati echó a correr para tratar de abrir la ventana, las demás la seguían cogidas de las manos y abrazadas. Cuando puso sus manos sobre el marco se quedó petrificada. Notó un aire frío que le movió el pelo y un quejido agudo bramó cerca de su oreja. Aquel quejido inundó todo el comedor, se apagó la chimenea, los golpes en el piso de arriba se hicieron cada vez más insoportables.

-¡Dios mío ayúdanos! –musitó Carolina.

-No os mováis –les dijo Mati con un gesto de cara paralizante-. No os mováis.

-Lo tengo detrás, ¿verdad? –preguntó con hilo de voz Susi.

-Por favor… ¡dejadnos en paz! –gritó Rebeca que estaba a punto de desmayarse del miedo.

-¡Corred, ahora!

Mati había conseguido abrir la ventana, una a una fueron saliendo a trompicones, dentro de aquella casa el sonido de aquel quejido seguía golpeando con insistencia sus cabezas. Llegaron hasta el coche bajo una incesante lluvia otra vez.

-¡Abre… abre… abre! –gritaba fuera de sí Rebeca.

Mati corrió hasta la puerta del coche, sus manos temblaban pero acertó a darle al botón de apertura.

-¡Entrad! –les gritó.

Todas se lanzaron al interior del coche, Rebeca se golpeó la cabeza con la puerta, Violeta se dio de bruces con el suelo del coche y Carolina debido a su vestido de bruja, lo pisó y se cayó.

-Espera que no está Carolina –le advirtió Violeta a Mati que iba a acelerar-. ¡Se ha caído, se ha caído!

-Por favor… arranca… arranca –gritaba enloquecida Rebeca.

-Ya está, ya está… vamos Carolina –la ayudó Violeta a subir con su maltrecha rodilla.

-Dios mío –murmuraron a la vez Mati y Susi.

-¿Qué pasa?

Ante ellas, justo delante del puente estaba aquel hombre siniestro que había visto Violeta. Las estaba mirando fijamente y portaba en su mano derecha una especie de guadaña.

-¡Oh no! –Susi se encogió sobre el asiento muerta de miedo.

-¡Acelera, acelera! –le gritó Violeta muerta de miedo.

-¡Lo voy a atropellar! -Mati gritó nerviosa.

-Acelera ¡por favor! Nos va a matar a nosotras ¡acelera! –decía Carolina muerta de miedo.

Mati apretó el acelerador mientras las ruedas rodaban en el barro, derrapó a la derecha y contravolanteó para poner el coche recto para entrar en el puente. No lo dudó aceleró con fuerza y mantuvo la tranquilidad suficiente en sus manos para no apartar el coche del camino mientras en su frente aparecían gotas de sudor.

El grito de todas fue ensordecedor, el coche pasó por encima de aquel hombre las chicas del asiento trasero juraron verlo pasar en el interior del coche, se giraron rápidamente y vieron que el tipo se quedaba atrás.

-¡Ya está! –susurró Mati sintiendo unas terribles ganas de llorar-. ¡Corre por favor, corre!

-¡Hay que denunciarlo! –dijo Carolina aún con el susto en el cuerpo.

-Quieres que nos tomen por locas, ¡mira cómo vamos vestidas! Pensaran que hemos bebido y saldremos en todas las noticias –gruñó Violeta.

-Dios mío –Rebeca musitó aquellas dos palabras temblando.

-¡Chicas! Esto queda aquí, no podemos decir nada a nadie –advirtió Mati-. Esta historia jamás la contaremos a nadie ¿entendido?

-Nos tomaran por locas –agregó Carolina.

-¡Son las cinco y media de la mañana! Hemos vivido una pesadilla de cinco horas, no me lo puedo creer.

-¿Qué es lo que ha pasado allí? –se preguntaba Susi sin entender todavía lo que habían vivido-. ¿Qué era aquello? ¿Ha sido nuestra imaginación?

El coche se perdió en la carretera entre la lluvia. Nadie respondió porque nadie halló respuesta a lo que habían vivido.

En aquel lugar idílico el hombre dejó la guadaña en la entrada de casa. Subió las escaleras y le dijo a la mujer de gesto enjuto que estaba sentada en la mecedora de la habitación de matrimonio mientras se balanceaba insistentemente.

-Ya se han ido, madre. Duerma tranquila nadie más entrará en nuestra casa.

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