EL SECRETO DE UN HORROR. Capítulo 22

Capítulo 22

Aquel monstruo cayó ante mí de rodillas y entonces lo vi, allí estaba Diego que apenas se mantenía en pie, pero que con las escasas fuerzas que parecía tener atravesó a mi padre con un machete. Mis ojos se abrieron de par en par, un pequeño grito salió de mi angustiada garganta llamándole. Mi hermano cayó fulminado al suelo, salté por encima del cuerpo de mi padre, Diego estaba prácticamente junto a él, llegué hasta su cuerpo ensangrentado con las mejillas bañadas en lágrimas, mientras me arrodillaba y lo abrazaba contra mi pecho alterado por el miedo de verlo en aquellas condiciones, casi moribundo.

-Diego… Diego… por favor no te mueras, Diego…

-Patricia -susurró mientras jadeaba con la mirada cristalina.

-Diego…

-¿Y ella? -me preguntó tragando saliva como podía.

-Está aquí.

Entonces me aparté un poco y allí estaba ella mirado a mi padre incrédula con un gesto que no sabía si era de pena o de alegría, me impactó su mirada hacia aquel cuerpo que yacía sin vida, al menos, eso pensaba yo. Porque de repente su mano izquierda enganchó el cuello de una Patricia que soltó un alarido por la impresión y el miedo.

-¡No! -grité soltando despacio a mi hermano y acudiendo hasta ella para separarla de aquel demonio.

No podía creerlo su último aliento de vida lo dedicó a tratar de matarla. Patricia había caído de culo con la mirada perdida y lágrimas en los ojos. Yo estaba arrodillada con la misma respiración, agitada y muerta de miedo por mi hermano. Entonces volví hasta él.

-Diego -susurré con una necesidad desbordada en mi corazón volviéndolo a estrechar contra mi cuerpo tembloroso-. Diego por favor… Diego….

-Déjame… déjame.

Era la voz de Patricia que me apartó con suavidad, llevaba en su mano una toalla no sé ni como la cogió, pero hizo lo que a mí no se me pasó por la cabeza y ella quizá había hecho en más de una ocasión, taponó la herida que mi hermano llevaba en su costado, él la miró con los ojos humedecidos por las lágrimas y la respiración costosa. Ella le acarició la barba fue la primera vez que vi en sus labios una pequeña sonrisa.

-¡Patricia! ¡Patricia!

La voz de Andrés acompañada por alguien más me llegó desde lo alto de la escalera, acababan de entrar en aquella maldita finca.

-¡Aquí Andrés… aquí abajo! Rápido Diego se muere… Diego se muere…

Rompí a llorar mientras escuchaba como se precipitaban por la escalera varios hombres, entonces lo vi allí con el rostro tan impactado por lo que veía que me lancé a sus brazos, rompí a llorar mientras él me refugiaba como hizo siempre con su ternura, y dándome la seguridad que necesitaba. Vi pasar por nuestro lado a un par de policías que le ordenaron a Andrés sacarme de allí.

-No, no… no voy a moverme del lado de mi hermano -le dije con congoja tratando de soltarme de los brazos de Andrés que miraba a Diego con un gesto impresionado-. Diego… Diego por favor…

-Los médicos están aquí, debemos irnos.

-No, no, no puedo abandonarlo.

Levanté la mirada y vi como Patricia estaba rodeaba por las niñas que miraban el cuerpo inerte con los ojos abiertos de mi padre en el suelo.

-Las niñas -susurré y fue como sacar a todos del estado de shock en el que se encontraban en aquel pequeño zulo repleto de muerte y angustia-. Las niñas hay que sacarlas.

Y fue todo tan rápido que apenas recuerdo movimientos a mi alrededor, la policía cogiendo a las niñas en brazo y subiéndolas a la parte de arriba, mi prima temblando subió tras ellas, después lo hizo Andrés y me obligaron a subir a mí. Allí fuera había policía, bomberos, ambulancias, gente para arriba y gente para abajo a la carrera. Médicos que subían y enfermeras que bajaban, alguien se acercó a nosotras y nos dio mantas para taparnos. Las niñas estaban abrazadas a su madre, hasta que la mayor se acercó a mí sonriéndome como si esa sonrisa llevara consigo un profundo agradecimiento. La abracé con fuerza y rompí a llorar.

Nos subieron en las ambulancias, a ellas cuatro juntas, a mí con Andrés en otra. Salimos de allí mientras mi mirada trataba de ver si sacaban o no a mi hermano. En aquella ambulancia Andrés me contó mientras me cogía de la mano como Diego le había enviado un whatsapp con un S.O.S. Simplemente. Andrés lo entendió llamó a la policía les dio las coordenadas de la finca. Me contó entre lágrimas como había hecho el recorrido llorando y suplicando que no nos pasara nada, me habló del miedo que había pasado por la carretera. Cuando lo miré me dijo:

-Hemos sido dos estúpidos, por no hablar… por no hacer algo tan sencillo como comunicarnos, tú y yo, si te hubiera pasado algo no sé que hubiera sido de mí, te quiero… es lo único que puedo decirte. Te quiero, Patricia.

No fui capaz de responderle. Tan solo de llorar.

Llegamos al hospital y todo volvió a ser rápido, gente a nuestro alrededor que nos conducían con gestos repletos de pena. Vi como bajaban de la ambulancia a las niñas y mi prima. Ella me miró como rogándome que la ayudara, su rostro mostraba un terror que entendí. Me acerqué hasta ellas y la psiquiatra que estaba esperando su llegada me dijo que las acompañara. Las niñas llevaban la manta térmica puesta, mi prima me cogió del brazo y me miró a los ojos con su mirada aterrorizada.

-No nos dejes.

-Tranquila… ya está Patricia, ya está vuestra pesadilla terminó.

-No quiero que me las quiten.

-Nadie te las va a quitar -traté de sonreírle-. Ahora estáis seguras.

-¿Y Diego?

-No lo sé -cayeron de mis ojos lágrimas de miedo.

-Todo irá bien -respondió temblando y llorando al mismo tiempo.

Su caricia en mi rostro fue como un pequeño bálsamo. Seguimos a la psiquiatra que nos llevó hasta una habitación para que todas nos sentáramos en los sillones que había, entraron tres enfermeras y una médica. Me di cuenta que todo eran mujeres, sabía que aquello no era casualidad, estaban tratando de tranquilizarlas, seguramente todas sabrían la historia que Andrés había contado a la policía mientras llegaban.

Nos hicieron un reconocimiento, tuvieron mucho mimo con las niñas que las miraban con terror sin hablar, las enfermeras con una dulzura extrema lograron calmar a la más pequeña que no quería separarse del brazo de su madre. Vi en aquellos rostros el mayor e injusto castigo, reflejaban tanto miedo que sentí una rabia enfermiza. ¿Qué derecho tenía él a destruir a aquellas mujeres? Mi prima trataba de tranquilizar a sus hijas, pero ella misma estaba muerta de miedo ante lo desconocido. Crucé mi mirada con ella en varias ocasiones tratando de mostrarle mi apoyo y comprensión. ¿Me odiaría? ¿Me odiaría por ser hija de ese monstruo?

Estaba desesperada por que nadie me decía nada sobre Diego pregunté mil veces por él pero la respuesta no me dejaba más tranquila, estaban tratando de salvarle la vida lo estaban operando y me pedían calma. Decidieron llevarse a las niñas y a mi prima a otra sala para hacerles una exploración más exhaustiva, lógicamente llevar encerradas en ese zulo toda la vida de las niñas querían revisarlas en profundidad. A mí me dejaron allí con el camisón puesto y los nervios desatados ante todo lo ocurrido. Al ver que se abría la puerta levanté la mirada y era Andrés.

-¿Cómo estás? -me preguntó algo nervioso como si las palabras que me dijo en la ambulancia le provocaran aquella zozobra que me demostraba.

-Gracias, Andrés… debimos hacerte caso -susurré.

-Si hubierais hecho lo que yo dije, posiblemente ellas estarían muertas y enterradas.

-¿Y mi hermano?

-Están operándole. Patricia… no hay muchas esperanzas perdió mucha sangre.

-No sé como bajó hasta allí… mi hermano el hombre más cobarde del mundo, nos salvó con las pocas fuerzas que le quedaban -sonreí llorando.

-¿Sabes lo que provocó que llegara en las pésimas condiciones que estaba? El amor y el odio, el amor por ti y el odio hacia… bueno… esa mezcla de sentimientos estoy seguro le dio las fuerzas suficientes para encontrar un machete y clavarlo. Él quería salvaros por encima de su propia vida.

-Nunca me lo perdonaré como se muera.

-No tienes la culpa, por favor, habéis salvado a esas pobres… -lo dijo con un nudo en la garganta que a punto le hizo llorar-. Maldito hijo de puta.

-¿Qué va a pasar con ellas? -lo miré preocupada.

-No lo sé.

-¿Pero les ayudarás?

-¿Tú qué crees? De momento soy el portavoz de la familia, y cuando digo la familia me refiero a ti y a ellas. De todos modos, tú eres quien las va a ayudar mejor, estoy seguro.

-Gracias.

-No voy a permitir que les hagan daño… No paro de pensar como Patricia ha podido sobrevivir allí metida treinta años.

-No sé como no se ha vuelto loca… Aunque las niñas estoy seguro es lo que le daba fuerza para continuar, defenderlas de él.

Entonces me callé y vino a mi mente algo que había ocurrido nada más entrar provocando en mí una impresión fortísima.

-Pobres tres niñas.

-Eran cuatro -susurré.

-¿Dónde está la otra? -me miró asustado.

-La niña de mis sueños estaba en una fotografía… tal y como la vi reflejada en ellos -lo dije con un tono de voz apesadumbrado.

-¿Quieres decir que…?

-Esa niña existió, y debió morir. Ella me guió, ahora sí que no tengo la menor duda.

Y ahí rompí a llorar abrazada nuevamente por Andrés.

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